Recuerdos de un suicida 1993, D Eribon entrevistó a G Deleuze




                 [Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), o cómo redescubrir lo 
                                                     eternamente nuevo.]

Recuerdos de un suicida
En 1993, Didier Eribon entrevistó a Gilles Deleuze. El registro de esa conversación se publicó en Le Nouvel Observateur, en noviembre de 1995, dos semanas después del suicido de Deleuze, bajo el título «Le "Je me souviens" de Gilles Deleuze».

La traducción que dejamos a continuación fue realizada por Marco Parmeggiani y publicada en Contrastes (Universidad de Málaga), vol. VII, 2002, pp. 219-37. El texto original puede descargarse desde AQUÍ. Está edición la hemos tomado de:https://milplanicies.blogspot.com 




El «Yo me acuerdo» de Gilles Deleuze

Entrevista realizada por Didier Eribon en 1993

                                   «Incluso cuando se escribe completamente solo
                                     hay una colaboración que se manifiesta. Tanta
                                    gente es la que habla en cada uno de nosotros

ESCRIBIR. Yo no escribo contra alguien o contra algo. Para mí, escribir es un gesto absolutamente positivo: es decir lo que se admira y no combatir lo que se detesta. Escribir para denunciar es el más bajo nivel del escribir.
      En compensación, es verdad que escribir implica que haya algo que no va en el estado de la cuestión que se desea abordar. Que no se esté satisfecho. Diría entonces: yo escribo contra la idea ya hecha. Se escribe siempre contra las ideas ya hechas.

SARTRE. Sartre lo ha sido todo para mí. Sartre ha sido algo fenomental. Durante la Ocupación, era una manera de existir en el ámbito intelectual. La gente que le reprocha el haber hecho representar sus piezas de teatro durante la Ocupación es porque no las han leído. Hacer representar Las moscas: esto habría que compararlo con Verdi haciéndose representar ante los austríacos. Todos los italianos entendían y gritaban bravo. Sabían que era un acto de resistencia. Es exactamente la misma situación con Sartre.
     El ser y la nada fue como una bomba. Y en este caso no como con Las moscas, porque se habría visto directamente en él un acto de resistencia. Sino porque era un deslumbramiento. Todo un libro, enorme, de pensamiento nuevo. ¡Qué choque! Lo leí en su aparición. Me acuerdo, me encontraba con Tournier, habíamos ido a comprarlo. Y lo devoramos. Sartre ha obsesionado a la gente de mi generación. Escribía novelas, teatro, y en aquel entonces todo el mundo quería hacer novelas o teatro. Todo el mundo lo imitaba. O estaba celoso, irritado... A mí me fascinaba. Estaba fascinado por Sartre. Y, para mí, hay una novedad en Sartre que no se perderá nunca, una novedad para siempre.
       Es como Bergson. No se puede leer a un gran autor sin descubrir en él una novedad eterna. Y si hoy en día se trata a Sartre o a Bergson como autores superados es porque no se sabe descubrir la novedad que han tenido en su época. Y las dos cosas no hacen más que una: si no se sabe descubrir la novedad de un autor en su época, se deja escapar también la eterna novedad que lleva consigo. Ya no se sabe descubrir lo que es él para siempre. Entonces es el reino de los copiones, que son los primeros en arrojar al pasado lo que ellos han copiado.

CANGUILHEM. Cuando me presenté al concurso de entrada en la Escuela Normal Superior, fue Canguilhem quien me examinó en el oral de filosofía. Él me puso una buena nota pero no era suficiente para recuperar mi retraso en las otras asignaturas. Me suspendieron pero obtuve lo que se llama una beca de agregado. Como estaba ya la descentralización, la beca era para una universidad de provincia. Jean Hyppolite, que había sido mi profesor de khâge y que me quería mucho, me dijo: venid a Estrasburgo. Él había sido nombrado allí después de haber terminado su tesis sobre Hegel. No me instalé allí. Iba a Estrasburgo una vez a la semana para cumplir con mi beca. Y allí asistía a los cursos de Canguilhem. Nos hablaba de autores que no conocíamos, de los que nunca habíamos oído hablar.
      Cuando yo iba a Estrasburgo, como yo no vivía ahí, lo veía mucho. Tenía una pequeña pandilla en torno suyo y pertenecí a esa pandilla de Canguilhem. Ha contado muchísimo para mí. Tanto sus enseñanzas como sus libros. De hecho, Canguilhem ha sido muy importante para todas las generaciones que han pasado por él, a partir de la mía. Se podría decir incluso que ha formado a todo el mundo o casi.

LACAN. Me localizó en el momento en que dio una sesión de su seminario sobre mi libro acerca de Sacher-Masoch. Me dijeron, pero no supe nada más de ello, que empleó cerca de una hora sobre mi libro. Y después vino a pronunciar una conferencia en Lyon, donde yo enseñaba entonces. Nos montó un número absolutamente increíble. Fue allí donde lanzó su célebre fórmula: «El psicoanálisis lo puede hacer todo salvo volver inteligente a algún idiota». Después de la conferencia vino a cenar a nuestra casa. Y como se acostaba muy tarde, se quedó mucho tiempo. Me acuerdo: era medianoche pasada y quería a toda costa un whisky especial. Esta velada fue verdaderamente una pesadilla. Mi único reencuentro importante con él fue después de la aparición de El Anti-Edipo. Estoy seguro de que se lo tomó a mal. Debía estar resentido, con Félix y conmigo. Pero al fin, algunos meses más tarde, me convocó. No hay otro término. Deseaba verme. Y fui allí. Me hizo esperar en la antecámara. Estaba llena de gente, no se sabía si eran enfermos, admiradoras, periodistas... Me hizo esperar mucho tiempo, incluso casi demasiado tiempo, y luego acabó por recibirme. Me hizo la lista de sus discípulos, diciendo que eran todos nulos (el único del que no dijo nada malo fue de Jacques-Alain Miller). Yo me divertía porque me acordaba de Binswanger contando una escena idéntica. Freud hablándole mal de Jones, de Abraham... Y Binswanger era lo bastante malicioso como para pensar que Freud debía decir las mismas cosas de él cuando no estaba allí. Por tanto, Lacan hablaba y todos pasaron por ello, salvo Miller. Y entonces me dijo: me hace falta alguien como usted.

MIL MESETAS. Este libro es el mejor de los que hemos hecho juntos, Félix y yo. Y es lo mejor de todo lo que he hecho. Sí, puede decir que es seguramente lo que yo he hecho mejor. No tuvo éxito pero creo que era un libro muy bueno. ¿Por qué no tuvo éxito? El libro era quizás demasiado grueso. Y, además, sobre todo la época ya no se daba.

MAYO DEL 68. Este período fue muy rico para la teoría. Si considero lo que he vivido a lo largo de mi vida, hubo al principio un período extremadamente pobre, me refiero a la guerra, desde luego. Después de la guerra hubo una formidable explosión cultural e intelectual. Y después vino el desierto, en los años '50. Y a continuación una salida del desierto, y de nuevo una época muy fuerte, en los años '60 (con la nouvelle vague en el cine, y en la teoría, digamos para resumir, Foucault y Lacan). En ese momento, aquello pululaba. Y después, actualmente, estamos de nuevo en el desierto. Pero no es irreversible. Hay que distinguir dos casos: para los que tienen una parte de su trabajo tras de sí no hay demasiados problemas, pueden continuar a escribir y a atravesar el desierto. Para alguien joven que tenga algo nuevo que decir, la situación es verdaderamente muy dura.
       Lo que fue muy importante en esta época de la hablábamos, los años 60, mayo del 68 y los pocos años que le siguieron y que verdaderamente se han terminado hoy, es lo que llamaría un nuevo funcionalismo, que no era más que uno con la filosofía concebida como actividad creadora de conceptos. Se trataba de crear conceptos que funcionaran en un campo social dado. En el caso de Foucault es evidente, porque es él quien ha ido más lejos en esta creación de conceptos, con nociones como la de «sociedad disciplinaria», que es a mi parecer un concepto esencial. Y esto se oponía a dos cosas, bajo el punto de vista de la tradición filosófica: al recurso a la trascedencia y a una concepción reflexiva de la filosofía (la filosofía que reflexiona sobre).
      En los períodos pobres, como ahora, hay siempre una restauración de la trascendencia y un retorno a la filosofía concebida como una «reflexión sobre». Es también un retorno a la filosofía universitaria. Por tanto, ahora es eso lo que hay que redescubrir: la filosofía como creación. No «reflexionar sobre» sino crear conceptos; no intentar descubrir trascendencias sino hacer funcionar los conceptos en campos de inmanencia.

MARX. No me he adherido nunca al partido comunista (tampoco me he psicoanalizado nunca, he escapado a todo eso). Y nunca he sido marxista antes de los años '60. Lo que me ha impedido ser comunista era ver lo que ellos obligaban a hacer a sus intelectuales.
    Y además, tengo que decir que no era marxista porque en el fondo no conocía a Marx en aquella época.
       He leído a Marx al mismo tiempo que a Nietzsche. Me pareció genial. Y para mí son conceptos siempre válidos. Hay allí dentro una crítica, una crítica radical. El Anti-Edipo y Mil Mesetas están completamente atravesados por Marx, por el marxismo. Hoy en día puedo decir que me siento completamente marxista. El artículo que he publicado sobre la «sociedad de control», por ejemplo, es completamente marxista y, sin embargo, escribo sobre cosas que Marx no conocía.
     No entiendo qué quiere decir la gente cuando pretenden que Marx se ha equivocado. Y aún menos cuando se dice que Marx ha muerto. Hay hoy tareas urgentes: nos hace falta analizar qué es el mercado mundial, cuáles son sus transformaciones. Y para ello hay que pasar por Marx.

LIBRO. Mi próximo libro, y será el último, se llamará Grandeza de Marx.

PINTAR. Hoy en día ya no tengo ganas de escribir. Después de mi libro sobre Marx, creo que me plantearé dejar de escribir. Llegado ese momento, me pondré a pintar.

Le Nouvel Observateur, 1619 (16-22 de noviembre de 1995), pp. 114-5.



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